lunes, 31 de enero de 2011

La crítica comunitaria al liberalismo

Por Sergio Micco y Eduardo Saffirio

El movimiento norteamericano en torno a la comunidad sensible puede ser una segunda fuente de inspiración para una Nueva Concertación. Éste fue creado en 1990 con la intención de proveer un foro donde el pensamiento comunitario se modernizara. Sus promotores reconocen que las ideas comunitarias pueden ser encontradas a través de la historia: en los antiguos griegos –en las comparaciones de la vida en ciudades grandes y pequeñas en Aristóteles-, en el Nuevo y Viejo Testamento, en el pensamiento católico social y en los primeros sociólogos –como Ferdinand Tönnies, Emile Durkheim, Talcott Parsons, William Kornhauser-. Asimismo, encontramos cientos de intentos por crear nuevas comunidades, desde los Shakers a los asentamientos comunales en Palestina, los que fueron acompañados de reflexiones y escritos comunitarios. Más tarde, en los ’80, un grupo de filósofos políticos -Charles Taylor, Michael J. Sandel, Michael Walzer y Alasdair MacIntyre- retaron a la oposición liberal individualista respecto al concepto de bien común. Aunque todos se sentían incómodos con el término "comunitario", trabajos particularmente importantes escritos por Robert Bellah, Philip Selznick y Daniel Bell avanzaron en una tesis comunitaria, que fue enriquecida tanto por pensadores liberales, como Robert Putnam, Hans Joas y John Gray como por conservadores, como David Willetts y Meinhard Miegel. Gran promotor de esta visión comunitaria en los años 90, en las democracias norteamericana y europeas, es el profesor de Sociología Amitai Etzioni.

Estos nuevos comunitaristas no sólo le dan importancia al significado de las fuerzas sociales de la comunidad y a los lazos sociales -en el caso de los comunitaristas asiáticos también valoran la armonía social-, elementos negados por las ideologías individualistas. Además, se preocupan por el balance entre las fuerzas sociales y la persona, entre la comunidad y la autonomía, entre el bien común y la libertad, entre los derechos individuales y las responsabilidades sociales. Así se declaran contrario a los socialconservadores y a los liberales individualistas.

Se trata entonces de promover comunidades pluralistas en que los derechos humanos sean protegidos en su interior, rechazando toda comunidad autocrática o totalitaria. Así, se preocupan por promover las responsabilidades que tenemos para con la sociedad junto con respetar activamente los derechos personales. No hay, en consecuencia, una idolatría de la comunidad o de toda comunidad en concreto. El orden social y la libertad se sustentan y refuerzan mutuamente, pero si sobrepasan un punto se convierten en antagónicas y adversarias. Si todo es libertad individual surge el riesgo de la anarquía. Si todo es orden social surge el peligro del autoritarismo.

Particularmente, los nuevos comunitaristas proclaman que la buena sociedad está más allá del mercado y del Estado. Ni el libre mercado ni la administración pública encuentran soluciones adecuadas a los problemas sociales contemporáneos si desconocen las voces y el aporte de la sociedad civil y sus múltiples organizaciones.

En el ambiente intelectual an­glosajón, con el término comunitarismo se ha querido remitir a una heterogénea ver­tiente de pensamiento moral y político, cuyo punto focal es la crítica a una cierta modernidad, nacida de la Ilustración y que se funda en filosofías liberales, individualistas y utilitarias. Sin embargo, todos coinciden en criticar al liberalismo. Los puntos centrales de la crítica comunitarista parecen ser los siguientes:

En materia de la concepción de la persona humana, la teoría liberal defiende que los individuos son distintos de sus fines, valores y concepciones del bien. Estos últimos son elegidos autónomamente. Para los comunitaristas esta posición olvida que estamos constituidos por tales concepciones. Somos en buena parte fruto de nuestras opciones fuertes por determinadas estilos de vida que consideramos buenos, y no nos podemos desprender de ellas como quien se saca un abrigo. Nuestras opciones de vida buena como, creer en el amor para toda la vida, en la honradez y en el respeto de la palabra empreñada, dependen de las tradiciones culturales en las que nacemos y vivimos. En otras sociedades son distintos los valores que imperan. Y no sería deseable que cada individuo fuese cambiando constante y arbitrariamente dichas concepciones, por mucho que se valore su libertad. Reconocer tal libertad llevaría a la imposibilidad de la convivencia social pacífica. Nuestra identidad esta dada por nuestras pertenencias comunitarias religiosas, étnicas, de lenguaje, barriales, regionales, nacionales, etc.

El liberalismo proclama un individualismo asocial que ignora que las comunidades moldean fuertemente la identidad y valores de las personas que las integran. La socialización temprana en la familia, en el barrio, en la parroquia, en el templo, en la sinagoga y en la escuela nos van constituyendo, dando forma. El pensamiento, el lenguaje y la vida moral son imposibles fuera de la comunidad. El pensamiento liberal no valora, cuando no olvida, obligaciones y compromisos comunitarios tales como los familiares o nacionales. Así, es sensible a la demanda por los derechos subjetivos, pero imper­meable a su contrapartida de deberes y responsabilidades sociales. Así se descuidan, minan y destruyen comunidades esenciales para la buena vida, entre ellas el cuerpo político. No solo derechos, también deberes para con la comunidad.

El liberalismo menosprecia la vida política y por ello recu­rre a una explicación contractualista del origen de la asociación política. Se pre­senta a los individuos como seres pre-sociales que crean la asociación política como simple instrumento al servi­cio de sus derechos indivi­duales. Los valores e intereses que queremos promover a través del cuerpo político no son anteriores a la sociedad. El hombre nace, vive y muere en sociedad. En particular la vida política tiene un enorme valor en sí misma y es mucho más que un simple instrumento para garantizar los intereses particulares.

Los comunitaristas acusan a los liberales de defender una concepción de la persona como universalista y transcultural. Sin embargo, los valores e intereses que el liberalismo proclama tales como la libertad, la igualdad, los derechos individuales, la libertad religiosa y el Estado neutral existen sólo y en la medida que un determinado tipo sociedad los respete y promueva (el Estado liberal occidental y contemporáneo). Ello es a tal punto cierto, que en nuestro mundo occidental lo que más valoramos es la libertad y la igualdad, pero ello no ocurre así en todas partes (piénsese en buena parte de Asia y en el “despotismo oriental” ya descrito despectivamente por Aristóteles y retomado por Hegel). Tal planteamiento comunitario no debe ser confundido con el relativismo ni con la indiferencia escéptica. Una concepción pluralista no es necesariamente relativista como nos lo enseñó Isaiah Berlin.

Los comunitaristas reclaman contra el subjetivismo presente en los planteamientos liberales. Pareciera ser que los juicios morales que distinguen lo bueno de lo malo son meramente arbitrarios. Dependen del más autónomo de los pareceres de cada individuo. Sin embargo, los comunitaristas sostienen que una vida dedicada a la búsqueda de la belleza, de la bondad y de la verdad es preferible a una hedonista y egoísta. De hecho, los liberales creen que un Estado democrático es mejor que uno autocrático. Si todo es arbitrario no se ve por qué los liberales aprecian tanto la libertad de cambiar los propios valores si ellos siempre son arbitrarios. Por lo tanto, no todo es subjetivo. Hay verdades intersubjetivas, modos de vida considerados valiosos por las distintas tradiciones culturales, una de las cuales es el liberalismo. Otra cosa distinta es propugnar, cosa que los comunitaristas no proclaman, que el Estado coercitivamente imponga esos estilos de vida particulares por considerarlos buenos.
Los comunitaristas rechazan el antiperfeccionismo y la neutralidad del Estado promovida por los liberales. Estos últimos sostienen que cada cual es libre de elegir su propio estilo de vida y que no es conveniente, y sí peligroso, darle tal poder al Estado, a quien no le corresponde andar promoviendo ciertos estilos de vida por sobre otros. Sin embargo, los liberales exigen al Estado que imponga la separación de la Iglesia, promueva la justicia y los derechos individuales. Todo ello está muy bien, pero ello significa en los hechos que el Estado no es siempre neutral. De hecho, y por ejemplo, promueve el matrimonio monogámico por considerarlo el único que respeta la igualdad, no así el poligámico o poliándrico. Además los comunitaristas dicen que sin el apoyo del Estado determinados estilos de vida, las artes y la cultura de elite por ejemplo, desaparecerían.  

Incluso la filosofía política liberal más avanzada y preocupada de la sociedad, encarnada especialmente por el filósofo John Rawls, presenta la justi­cia como "la primera virtud de las instituciones sociales", cuando en realidad es una virtud reparadora, que no reemplaza ni es preeminente a los valores de la amistad cívica, la comunidad y la solidaridad, destacados ya desde Aristóteles.

El estagirita señala en la Ética a Nicómaco, que cuando los hombres son amigos no necesitan de la justicia, en tanto que cuando son justos requieren también de la amistad. El cristianismo, por su parte, eleva el amor al prójimo a la categoría ética fundamental, más allá de la justicia y de dar lo debido. Si necesitamos andar litigando y buscando la justicia por los caminos del derecho, es porque el amor ha fallado.

domingo, 30 de enero de 2011

Prologo de La Tercera Vía hacia una Sociedad Buena

Por José Pérez Adán

Difícilmente se puede ser más sabiamente conciso. Amitai Etzioni resume en solo unas cuantas páginas los puntos fundamentales del debate comunitarista actual, y añade una certera crítica a ciertas interpretaciones interesadas y desviadas de un concepto que él fue el primero en apadrinar: la Tercera Vía. Amén del sabio contenido, la obra que presentamos tiene dos grandes virtudes de contraste. Una, es que a diferencia de la glosa y del discurso ideológico-político contemporáneo, nos encontramos aquí con una labor de síntesis que ni es excesivamente prolija ni barroca sino más bien certera, clara y breve. Otra, es que en medio del marasmo superficial al que nos conduce la proliferación del ensayo fácil que busca un éxito editorial a través de la acertada clave interpretativa, nos encontramos aquí con alguien que no interpreta a nadie. Etzioni habla con autoridad de algo que sabe con patente propia. Estamos sin duda alguna ante uno de los pensadores más importantes de nuestro tiempo. En este caso, un pensador impelido a la acción y comprometido con la viabilidad de sus presupuestos sociopolíticos.

Amitai Etzioni comienza esta obra reconociendo su débito con Martin Buber al asumir la distinción entre las relaciones yo-tú y yo-cosas, para asegurar que el fundamento de la “buena sociedad” es el principio de que las personas son fines y no medios para nada. Esto debe tener ciertas manifestaciones en el ordenamiento sociopolítico. El cúmulo de esas manifestaciones es lo que llamamos Tercera Vía.

La buena sociedad es una sociedad equilibrada con tres puntos de apoyo: el Estado, la comunidad y el sector privado (el mercado). Es necesario que los tres se coordinen (en el mundo occidental, el déficit más grande es el comunitario) mediante un acuerdo que Etzioni llama el bagaje moral de la sociedad. El estamento político tiene reservado un papel importante, pues el Estado debe permitir más protagonismo comunitario (retirarse de un terreno conquistado) y a su vez debe velar para que el mercado se respete a sí mismo (conquistar un terreno nuevo).
  
Muchos de los planteamientos abogados por Etzioni aquí ya eran conocidos y están desgranados en varios de sus libros anteriores, pero es esta obra todo tiene el valor de la precisa recopilación y del acertado discernimiento.

La defensa e importancia de la comunidad está en este libro muy bien argumentada. Y lo está desde una postura de coherencia intelectual que no suele encontrarse en la literatura académica al uso. Etzioni es un autor de izquierdas que defiende la familia y, en concreto, esa familia que es mejor para la educación de los hijos.

En el libro encontramos una encendida defensa de lo que Etzioni llama el “rico mínimo básico para todos” como elemento indispensable en una política que apunte a eliminar uno de los mayores retos de nuestro tiempo: la exclusión social. Tenemos aquí una consecuencia práctica del lema que preside uno de los subapartados del texto: “Responsabilidad de todos y para todos”. La exclusión social es sin duda el factor de disgregación que antes nos ha avisado de la necesidad de plantearnos el cambio de paradigma por el que Etzioni lleva clamando de manera decidida.

La buena sociedad es esencialmente universalista. Etzioni defiende el mutualismo (ayuda a todos) frente al voluntarianismo (ayuda al necesitado); confía en la paulatina desaparición de la escasez a la que conduce la interconexión y la nueva sociedad del conocimiento; apuesta por el devolucionismo estatal y la desregulación política de la vida social en el marco de una comunidad de comunidades (más precisa que una sociedad de naciones); argumenta la conveniencia de formalizar (como se ha hecho con los derechos básicos) las responsabilidades básicas (“es erróneo pensar que no hay derechos sin responsabilidades o viceversa”); y, sobre todo, aboga por redimensionar la misión educativa más allá de la ciudadanía nacional hacia la civilidad sustentada en virtudes.

Estamos sin duda alguna ante una obra de arrastre, de repercusión: hacía falta. Es, además, una obra oportuna. Respecto a esto tenemos que hacer tres consideraciones iniciales para referirnos respectivamente al contexto ideológico contemporánero, a la vocación de alternativa política de la Tercera Vía, y a la comparación de Etzioni con otros pensadores comunitaristas.

No es cierto que nuestra época esté vacía de ideales. Nuestro entorno político no está caracterizado por el fin de las ideologías y la continuación del oportunismo. El mal llamado oportunismo del político práctico y realista que triunfa en occidente no está vacío de ideas. Desde el punto de vista del análisis de los presupuestos ideológicos ese oportunismo sin catalogación es, por el contrario, la coherente manifestación práctica de la ideología económica neoliberal. Una ideología que a menudo se trata desde el ensayo puramente político sin el debido respeto. Sin embargo es una ideología con todas las de la ley. Ley que ha sido contestada y criticada por Etzioni en su seminal The Moral Dimension: Towards a New Economics, y que hay que entender, respetar y valorar como ideología aunque sea para proponer su sustitución.

La segunda consideración es que hemos de recordar al leer esta obra que Tercera Vía tiene una vocación de alternativa política. Esta alternativa se resume en una palabra: comunidad. El argumento etziniano trata precisamente de hacer hueco justo a la comunidad en el intento de lograr un nuevo equilibrio de a tres que sustituya el presente de a dos entre el individuo y el estado. Para que este nuevo equilibrio pueda plantearse hemos de reconocer primero conceptualmente a la comunidad como sujeto. Esta revolución conceptual vendría a culminar la tarea que de la mano de las declaraciones de los Derechos Humanos trajo la idea de individuo y la protección de su libertad y la tarea que de la mano de las constituciones nacionales trajo la idea de estado y la propuesta de la igualdad. El reconocimiento de la comunidad supone un nuevo paso de página en el entendimiento de lo que es no ya afirmarse como individuo ni protegerlo como estado sino comprendernos como conjunto.

El pensamiento de Etzioni es original. Queremos decir que es a nuestro juicio muy distinto del de Anthony Giddens, otro de los proponentes de la Tercera Vía. Quizá ello hay que decirlo aquí en la introducción de un libro que Etzioni presentó en la London School of Economics, de la que Giddens es director, en Julio del 2000, con un título y contenidos que se han respetado en esta traducción pero que son distintos de los preparados para la edición norteamericana. La idea de Etzioni de marcar las diferencias debe rondarnos en la cabeza, entre otras cosas, para comprender porqué muchos comunitaristas piensan que Giddens, en su apuesta por el protagonismo de la socialdemocracia en la Tercera Vía, ha confundido la vocación sociopolítica alternativa del comunitarismo con la profundización de la modernidad. Y son, como creemos que se aprecia en la obra que sigue a continuación, cosas distintas.