Por Sergio Micco y Eduardo Saffirio
El movimiento norteamericano en torno a la comunidad sensible puede ser una segunda fuente de inspiración para una Nueva Concertación. Éste fue creado en 1990 con la intención de proveer un foro donde el pensamiento comunitario se modernizara. Sus promotores reconocen que las ideas comunitarias pueden ser encontradas a través de la historia: en los antiguos griegos –en las comparaciones de la vida en ciudades grandes y pequeñas en Aristóteles-, en el Nuevo y Viejo Testamento, en el pensamiento católico social y en los primeros sociólogos –como Ferdinand Tönnies, Emile Durkheim, Talcott Parsons, William Kornhauser-. Asimismo, encontramos cientos de intentos por crear nuevas comunidades, desde los Shakers a los asentamientos comunales en Palestina, los que fueron acompañados de reflexiones y escritos comunitarios. Más tarde, en los ’80, un grupo de filósofos políticos -Charles Taylor, Michael J. Sandel, Michael Walzer y Alasdair MacIntyre- retaron a la oposición liberal individualista respecto al concepto de bien común. Aunque todos se sentían incómodos con el término "comunitario", trabajos particularmente importantes escritos por Robert Bellah, Philip Selznick y Daniel Bell avanzaron en una tesis comunitaria, que fue enriquecida tanto por pensadores liberales, como Robert Putnam, Hans Joas y John Gray como por conservadores, como David Willetts y Meinhard Miegel. Gran promotor de esta visión comunitaria en los años 90, en las democracias norteamericana y europeas, es el profesor de Sociología Amitai Etzioni.
Estos nuevos comunitaristas no sólo le dan importancia al significado de las fuerzas sociales de la comunidad y a los lazos sociales -en el caso de los comunitaristas asiáticos también valoran la armonía social-, elementos negados por las ideologías individualistas. Además, se preocupan por el balance entre las fuerzas sociales y la persona, entre la comunidad y la autonomía, entre el bien común y la libertad, entre los derechos individuales y las responsabilidades sociales. Así se declaran contrario a los socialconservadores y a los liberales individualistas.
Se trata entonces de promover comunidades pluralistas en que los derechos humanos sean protegidos en su interior, rechazando toda comunidad autocrática o totalitaria. Así, se preocupan por promover las responsabilidades que tenemos para con la sociedad junto con respetar activamente los derechos personales. No hay, en consecuencia, una idolatría de la comunidad o de toda comunidad en concreto. El orden social y la libertad se sustentan y refuerzan mutuamente, pero si sobrepasan un punto se convierten en antagónicas y adversarias. Si todo es libertad individual surge el riesgo de la anarquía. Si todo es orden social surge el peligro del autoritarismo.
Particularmente, los nuevos comunitaristas proclaman que la buena sociedad está más allá del mercado y del Estado. Ni el libre mercado ni la administración pública encuentran soluciones adecuadas a los problemas sociales contemporáneos si desconocen las voces y el aporte de la sociedad civil y sus múltiples organizaciones.
En el ambiente intelectual anglosajón, con el término comunitarismo se ha querido remitir a una heterogénea vertiente de pensamiento moral y político, cuyo punto focal es la crítica a una cierta modernidad, nacida de la Ilustración y que se funda en filosofías liberales, individualistas y utilitarias. Sin embargo, todos coinciden en criticar al liberalismo. Los puntos centrales de la crítica comunitarista parecen ser los siguientes:
En materia de la concepción de la persona humana, la teoría liberal defiende que los individuos son distintos de sus fines, valores y concepciones del bien. Estos últimos son elegidos autónomamente. Para los comunitaristas esta posición olvida que estamos constituidos por tales concepciones. Somos en buena parte fruto de nuestras opciones fuertes por determinadas estilos de vida que consideramos buenos, y no nos podemos desprender de ellas como quien se saca un abrigo. Nuestras opciones de vida buena como, creer en el amor para toda la vida, en la honradez y en el respeto de la palabra empreñada, dependen de las tradiciones culturales en las que nacemos y vivimos. En otras sociedades son distintos los valores que imperan. Y no sería deseable que cada individuo fuese cambiando constante y arbitrariamente dichas concepciones, por mucho que se valore su libertad. Reconocer tal libertad llevaría a la imposibilidad de la convivencia social pacífica. Nuestra identidad esta dada por nuestras pertenencias comunitarias religiosas, étnicas, de lenguaje, barriales, regionales, nacionales, etc.
El liberalismo proclama un individualismo asocial que ignora que las comunidades moldean fuertemente la identidad y valores de las personas que las integran. La socialización temprana en la familia, en el barrio, en la parroquia, en el templo, en la sinagoga y en la escuela nos van constituyendo, dando forma. El pensamiento, el lenguaje y la vida moral son imposibles fuera de la comunidad. El pensamiento liberal no valora, cuando no olvida, obligaciones y compromisos comunitarios tales como los familiares o nacionales. Así, es sensible a la demanda por los derechos subjetivos, pero impermeable a su contrapartida de deberes y responsabilidades sociales. Así se descuidan, minan y destruyen comunidades esenciales para la buena vida, entre ellas el cuerpo político. No solo derechos, también deberes para con la comunidad.
El liberalismo menosprecia la vida política y por ello recurre a una explicación contractualista del origen de la asociación política. Se presenta a los individuos como seres pre-sociales que crean la asociación política como simple instrumento al servicio de sus derechos individuales. Los valores e intereses que queremos promover a través del cuerpo político no son anteriores a la sociedad. El hombre nace, vive y muere en sociedad. En particular la vida política tiene un enorme valor en sí misma y es mucho más que un simple instrumento para garantizar los intereses particulares.
Los comunitaristas acusan a los liberales de defender una concepción de la persona como universalista y transcultural. Sin embargo, los valores e intereses que el liberalismo proclama tales como la libertad, la igualdad, los derechos individuales, la libertad religiosa y el Estado neutral existen sólo y en la medida que un determinado tipo sociedad los respete y promueva (el Estado liberal occidental y contemporáneo). Ello es a tal punto cierto, que en nuestro mundo occidental lo que más valoramos es la libertad y la igualdad, pero ello no ocurre así en todas partes (piénsese en buena parte de Asia y en el “despotismo oriental” ya descrito despectivamente por Aristóteles y retomado por Hegel). Tal planteamiento comunitario no debe ser confundido con el relativismo ni con la indiferencia escéptica. Una concepción pluralista no es necesariamente relativista como nos lo enseñó Isaiah Berlin.
Los comunitaristas reclaman contra el subjetivismo presente en los planteamientos liberales. Pareciera ser que los juicios morales que distinguen lo bueno de lo malo son meramente arbitrarios. Dependen del más autónomo de los pareceres de cada individuo. Sin embargo, los comunitaristas sostienen que una vida dedicada a la búsqueda de la belleza, de la bondad y de la verdad es preferible a una hedonista y egoísta. De hecho, los liberales creen que un Estado democrático es mejor que uno autocrático. Si todo es arbitrario no se ve por qué los liberales aprecian tanto la libertad de cambiar los propios valores si ellos siempre son arbitrarios. Por lo tanto, no todo es subjetivo. Hay verdades intersubjetivas, modos de vida considerados valiosos por las distintas tradiciones culturales, una de las cuales es el liberalismo. Otra cosa distinta es propugnar, cosa que los comunitaristas no proclaman, que el Estado coercitivamente imponga esos estilos de vida particulares por considerarlos buenos.
Los comunitaristas rechazan el antiperfeccionismo y la neutralidad del Estado promovida por los liberales. Estos últimos sostienen que cada cual es libre de elegir su propio estilo de vida y que no es conveniente, y sí peligroso, darle tal poder al Estado, a quien no le corresponde andar promoviendo ciertos estilos de vida por sobre otros. Sin embargo, los liberales exigen al Estado que imponga la separación de la Iglesia, promueva la justicia y los derechos individuales. Todo ello está muy bien, pero ello significa en los hechos que el Estado no es siempre neutral. De hecho, y por ejemplo, promueve el matrimonio monogámico por considerarlo el único que respeta la igualdad, no así el poligámico o poliándrico. Además los comunitaristas dicen que sin el apoyo del Estado determinados estilos de vida, las artes y la cultura de elite por ejemplo, desaparecerían.
Incluso la filosofía política liberal más avanzada y preocupada de la sociedad, encarnada especialmente por el filósofo John Rawls, presenta la justicia como "la primera virtud de las instituciones sociales", cuando en realidad es una virtud reparadora, que no reemplaza ni es preeminente a los valores de la amistad cívica, la comunidad y la solidaridad, destacados ya desde Aristóteles.
El estagirita señala en la Ética a Nicómaco, que cuando los hombres son amigos no necesitan de la justicia, en tanto que cuando son justos requieren también de la amistad. El cristianismo, por su parte, eleva el amor al prójimo a la categoría ética fundamental, más allá de la justicia y de dar lo debido. Si necesitamos andar litigando y buscando la justicia por los caminos del derecho, es porque el amor ha fallado.